2: Gelatina roja con manzana.

Como el título dice, esto es un pedacito del principio de la historia de la niña -¿puberta, adolescente, preadulta, persona madura?- que redacta este blog, y que tanto sentimiento y esfuerzo le dedica.


Así pues, estaba en mi casa comiendo tranquilamente un día último-mediado de febrero cuando mi cerebro tuvo una ráfaga repentina de memoria brillante. Era el examen de admisión aquél que costó cuatrocientos pesos y que cambió mi vida. Faltaba hora y media para que comenzara y yo vivía -al menos- a una hora de la civilización. Me cambié rápidamente, como toda una niña que aspiraba a tener vida social y popular en la secundaria esa de nombre extraño; unos pantalones entubados, unos converse tipo bota negros, una blusa verde del cocodrilito pirata y una boina -horrorosa- color rosado con brillitos. Estaba dirigiéndome por avenida López Mateos a mi futuro, y yo no tenía ni la más remota idea.



Recuerdo haberme bajado del coche y haber pasado por esa puerta vieja y hermosa de madera, sin detenerme a observarla. Ya había empezado y mi estómago tenía más mariposas de las que un cuerpo normal puede soportar antes de vomitar. Me dieron una carpeta, unas hojas, un cuadernito de guías con el examen, plumas, lápices y borrador. Así, sin más preparación, ni mental ni física, entré al salón de español y empecé con la historia.



Todo iba perfecto, todo funcionaba naturalmente, hasta que tuve que utilizar pluma, pluma azul, pluma. Y jamás había escrito con una, y con los nervios que tenía, ya imaginarán, me equivocaba cada tres letras. Pero todo seguía bien, hasta que me dí cuenta de que solamente había un corrector, y éste era común, estaba justo en el centro de la mesa grande de madera y yo estaba sentada en la esquina más aislada de todas, era la más lejana a mi salvación líquida blanca llamada oficialmente pluma correctora. Casi muero. Bueno, exagero, pero casi. Así que me armé de valor y le pedí a mi compañera de al lado que me lo alcanzara una vez, y otra vez, y luego una tercera, la cuarta, la vencida, la sexta y así consecutivamente hasta que de plano me lo pasaba sin que yo se lo pidiera. ¿Quién diría que ahora -después de seis largos y complejos años- seguimos juntas y que ya no me equivoco, o que no uso corrector jamás y que ya hasta nos cambiamos al nuevo SIGNOS?



Salimos a un receso y pisaba temblorosa los circulitos de cemento sobre el pasto, rezando porque no vinieran a saludarme los niños a quienes conocía de escuelas pasadas, como Huellas, La Escuelita, La Morada y que ahora tenían en planes entrar a la misma escuela que yo. Pero el destino no perdona -si es que existe- y lo hicieron, pero con este pequeño paso se me quitó el miedo de seguir y desenvolví a la Paulette que era, y soy. Ya podrán adivinarlo, comencé a hablar como lo suelo hacer. Allí dejé que la gente me conociera. Aunque no supe valorar esos momentos tanto como hubiera querido, o recordarlos a detalle, para ahora poder revivirlos un poco mejor.



No me arrepiento de nada, ni de nadie. Tuve aquél día la mejor ráfaga de memoria brillante del mundo y comenzó la verdadera historia.









La entrada del viejo SIGNOS. Al que me refiero en este capítulo, pues.







Y la hermosa puerta de la que les hablé. Está abierta aquí y casi no se ve, pero cuando pasabas por ahí hasta el olor era hermoso.

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